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"El Don" by R. De La Lanza


El Don

by R. De La Lanza


Creemos en el don de… sanidad… El anciano puso sus morenas y manchadas manos, grandes como las de un profeta que mueve montañas y pueblos, sobre la cabeza del que una vez había sido un vigoroso presidente de estaca y setenta autoridad general, gallardo hombre de arduos trabajos, hacienda creciente, belleza fulgurante, respeto, servicio y gran espiritualidad, pero que desde hace casi tres años era un maltrecho animal agonizante, punzado por la herida del cáncer.


Las nietas gemelas del hombre que era discretamente célebre por tener en sus manos y en su voz el don divino de la sanidad, lo sostenían para evitar que sus frágiles piernas se desmoronasen. Su abuelo veía ya con dificultad, pero con el paso de los años su garganta había ganado claridad en vez de opacar y ensuciar su voz.


Muchas décadas atrás, cuando era un joven esposo y padre recién converso, recibió el sacerdocio de Melquisedec, y su obispo le asignó ir a darle una bendición de salud y de consuelo a una niña que había sufrido un accidente y después de hacer todo lo posible, los médicos dijeron que no volvería a caminar. Con mucha reverencia y pronunciando todo de manera correcta, dio esa bendición una tarde en el hospital. En la noche, la niña ya andaba en sus piernas y el dolor y las complicaciones se habían ido. Tres días de observación médica confirmaron la recuperación.


Supo que el Señor lo había escogido para obrar Sus milagros. Y a ese siguieron más milagros. Los miembros de su barrio no hablaban con ligereza de él. Y tampoco abusaban de su servicio. Pronto hermanos de otros lugares le pedían que les diera una bendición. Él nunca alardeó. Nunca se vanaglorió. Y cuando percibía que había algo de superfluo en la petición, se negaba diciendo con un neutro tono lleno de amor: “Hermano, esto es del Señor, y usted tiene el mismo sacerdocio que yo.”


Ninguna de las bendiciones pronunciadas por él tardó en cumplirse. Diagnósticos confirmados de enfermedades eran revertidos con las pruebas posteriores a la ordenanza, los dolores desaparecieron, incluso un obispo que estaba perdiendo gradualmente la vista, la recuperó totalmente.


Se enfrentó a la muerte cuando bendijo a un joven misionero a quien habían golpeado unos pandilleros, y yacía en cama sólo esperando a ser desconectado. En cuanto las manos del sanador lo tocaron, el misionero abrió los ojos y en cuestión de días sanó por completo.

Fue entonces cuando conoció al hombre sobre cuya cabeza posaba sus macilentas manos. Era un jovenzuelo, presidente de estaca de aquel misionero, y vio todo. Aquella tarde el presidente de estaca enmudeció por media hora, al final de la cual la mitad de su abundante y bien recortado cabello había encanecido. Le suplicó al sanador que esperara en el hospital hasta que llegara el apóstol que estaba por aterrizar para consolar a la familia del misionero, pero no lo pudo convencer, y tuvo que contarle todo al apóstol sin la ayuda del artífice de aquel milagro.


La esposa de aquel joven presidente de estaca siempre tuvo la certeza de que aquel acontecimiento había desencadenado los llamamientos de su marido, que se sucedieron con rapidez: presidente de misión, presidente de área y setenta autoridad general. Y durante esos años, se daba su maña para visitar al sanador hasta cinco domingos al año en el centro de reuniones. Platicaban poco, de hecho, sólo se sentaban juntos en la reunión del sacerdocio, como hermanos. Como amigos.


Ahora el sanador estaba muy entrado en años, viejo, cansado y casi no podía ver. Por eso se había dejado de afeitar. Un día se cortó la mejilla con la navaja por no mirar con claridad, y decidió dejarse la barba.


Por esos días, su amigo fue sostenido como autoridad general emérita en la conferencia general, aunque le faltaban años para llegar a los setenta. Entonces llamó al anciano y le pidió que lo visitara, pero en la voz suplicante, éste pudo discernir su anhelo. Se negó. El emérito aceptó con humildad la respuesta.


A los seis meses se repitió la llamada. Y al negarse nuevamente, el sanador perdió la paz y el sueño. Sentía que no podía ir a bendecir al emérito sin comprometer su probidad ante el Señor. Refunfuñaba como regañándolo. Y entonces él mismo enfermó. Tenía pesadillas, sudaba por las noches y lo asaltaban los ataques de pánico.


Un día, su hijo, el padre de las gemelas, le dio una bendición: “Amado padre, te bendigo con claridad en tu mente y en tu corazón…” De inmediato tomó el teléfono y confirmó la visita con la autoridad general emérita.


Sostenido por sus angelicales nietas gemelas, puso sus morenas y manchadas manos, grandes como las de un profeta que mueve montañas y pueblos, sobre la cabeza de su amigo, malherido por el cáncer. Ambos lloraban en silencio en aquel dormitorio acogedor. Las familias de ambos esperaban pacientemente en la sala.


Entonces abrió su boca:


“Amado hermano, conforme al deseo de tu corazón, te bendigo para que salgas de esta prueba terrenal y seas al fin libre de tus tormentos y agonía. El Señor te recibirá en Sus brazos, por lo que puedes irte en santa paz”.


El domingo siguiente, después de comer, se acostó a tomar su acostumbrada siesta. Las pesadillas cesaron.



This piece was published in 2024 as part of the 13th Annual Mormon Lit Blitz by the Mormon Lit Lab. Sign up for our newsletter for future updates.


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